Fortalecer el respeto y la responsabilidad PDF Imprimir Correo electrónico
Institucion - Temas de la Semana
Respeto implica reconocimiento al otro ser, a su aceptación como es, a su consideración de las diferencias que establecen la individualidad pero que unen en la igualdad. El respeto nace en la dignidad de la vida y se potencia en la facultad humana de enriquecerla, mejorarla cada día, no de destruirla. Enriquecer la propia vida en el estudio, en la afirmación de los conceptos morales, en la revitalización constante del sentimiento de amor, porque respeto también significa amor, en el sentido universal.
Nos amamos a nosotros mismos cuando procuramos una existencia sana, útil, generosa, activa, productiva.
Amamos a los demás, cuando aceptamos la forma de vida que el otro ser eligió, y si entendemos que ese estilo de vida le hará daño, lo destruirá, respeto es procurar por los medios pacíficos y persuasivos, su educación, su información, la asistencia a sus necesidades. Lo importante es saber establecer los límites y el respeto de cada vida, pero involucrándose, interesándose, colaborando si es necesario, no permanecer indiferentes bajo el lema "que haga la suya, yo hago mi vida", sobre todo cuando los lazos familiares reclaman a la conciencia, posturas de acción solidaria.
Respeto es enseñar, pero no imponer, educar pero dejar obrar, conducir pero no obligar.
Así, este valor del respeto hace a todas las cosas de la vida, desde el momento primero de la mañana hasta el tiempo del descanso.
Como valor trascendental de la vida, se erige como uno de los primeros en una jerarquía de valores que iluminan el camino del hombre.
Todo lo que atente contra la vida (destrucción en la droga, el alcohol, degradación de la conducta humana, etc.) implica violación al sentido de respeto individual y colectivo.
Una sociedad que intenta transitar por los caminos de la civilización y la democracia, debe privilegiar este valor como pilar para que la convivencia entre las personas se manifieste con un tono más armónico, de tolerancia y comprensión.
El hecho de exigir respeto implica también, un compromiso, una responsabilidad y un deber del ser que lo exige. Una responsabilidad, porque se deben manifestar actitudes acordes al bien que se reclama que los otros practiquen. De esta manera, el respeto se enlaza con la responsabilidad y el deber, valores fundamentales en la construcción de actitudes positivas que favorecen el crecimiento personal y social.
Somos responsables cuando no solamente cumplimos cuando nuestros habituales compromisos y trabajos, también lo somos cuando asumimos las consecuencias de nuestros actos, de nuestra manera de pensar y expresarnos.
Cuando no se manifiesta la coherencia entre lo que decimos y hacemos, entonces no estamos siendo responsables. La incoherencia entre el decir y el hacer, es una lamentable pintura de nuestros días. No por ello debemos resignarnos. El ejemplo o el intento constante por alcanzar una conducta que se encuadre en los parámetros morales de lo que creemos trascendente, debe constituirse en nuestro esfuerzo cotidiano. Sin esfuerzos no hay logros, ni hay transformaciones y entonces, la incoherencia seguirá siendo nuestra guía.
La responsabilidad es del hombre de bien que tiene visión de futuro, que anhela nuevos niveles de compromisos y aspira a una posición más sólida en sus convicciones espirituales.
Entendido así, este valor se conecta con un profundo sentimiento del deber.
Este sentido de obligación y cumplimiento, distingue al ser humano en su propia condición y lo jerarquiza frente a otros.
Actuar con deber implica también asunción de posturas comprometidas.
"Debo hacer esto aunque no tenga ganas"; la conciencia del deber lentamente se va imponiendo y va despertando al espíritu deseoso de progreso.
Deber, comienza siendo una imposición a sí mismo.
Deber, termina siendo una satisfacción.
Cuando el sentido del deber se combina con lo placentero, la ecuación es perfecta y asegura su éxito. Un éxito que anida en el sentimiento de alegría íntima, de aceptación por lo que la vida nos ofrece, de razonado optimismo a pesar de las circunstancias difíciles que no siempre podemos manejar.
Hay un deber más profundo que hace al alma sentirse plena: es el de estar cumpliendo su proyecto de vida. El hombre encarna con una misión, más simple o más complicada, más personal o universal, pero siempre algo se proyectó para esta existencia.
Intuir ese objetivo de vida, es posible cuando el ser se conecta con lo superior a través de su pensamiento reflexivo y valorativo de las circunstancias que lo rodean. Cada espíritu es la semilla de una espiritualidad que puede ser revitalizada y vigorizada con la fuerza del pensamiento creador, de la acción solidaria, de la preocupación sostenida por el propio mejoramiento y el de los demás.
Responder a ese proyecto de vida sin prejuicios y sin rebeldías, produce en el alma la alegría profunda del deber cumplido, la realización plena del espíritu que ha logrado realizarse en su proyecto trascendente: el de una existencia orientada a rescatar los valores esenciales y plasmarlos en cotidianas vivencias personales.
 

 

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