El niño discapacitado PDF Imprimir Correo electrónico
Institucion - Temas de la Semana
Recíbelo, cualquiera sea su condición, con amor, alegría y agradecimiento. Y dile: "hijo mío, yo te acepto como eres, estaré siempre aquí, para educarte, para guiarte pero sobre todo para hacerte feliz".

En general, solemos tener una consideración especial hacia la persona con deficiencias físicas, sensoriales o mentales, tanto, que hasta nos cuesta pronunciar las palabras: discapacitado, minusválido, deficiente, inválido, impedido, subnormal.
Remitiéndonos a Maud Mannoni (psicoanalista francesa, compañera y discípula de Jacques Lacan), coincidimos con ella en que no aceptamos el nombre cuando no aceptamos a la persona o a la circunstancia, ya sea porque nos produce rechazo o dolor.
Sería necesario además, revisar seriamente el concepto de "normalidad", lo que probablemente haría cambiar nuestra valoración sobre el problema.
"Encontrar un lugar para vivir será tal vez, la tarea esencial y compleja que todo ser humano debe llevar a cabo, con o sin discapacidad física o mental, con mayores o menores dificultades, siempre desde un punto de vista particular y diferente para cada uno".
Si esto es así, el proceso de integración es más difícil aún para quien es ignorado o considerado como sujeto no válido para la sociedad en general, aunque no siempre esto se verbalice o exteriorice.
Entendemos que integrar, en este caso, significa acercar, compartir, reconociendo y más aún, valorizando las diferencias.
Considerando que la historia de la atención solidaria a la persona minusválida es reciente, advertimos que se han hecho muchas cosas "para ellos". Es tiempo tal vez, de que se hagan "junto a ellos", lo que marcaría la diferencia entre vivir por uno mismo, sea cual fuere su circunstancia y vivir de la condescendencia de los demás.
En nuestra ciudad, felizmente, varias instituciones y voluntades aunadas, conscientes de esa labor sin fronteras, trabajan, ayudan y se brindan en forma solidaria y generosa.
Cuando reclamamos a la sociedad un lugar para la persona discapacitada, nos preguntamos si en la familia se lo damos. Si ser padres constituye la tarea más difícil y delicada, la presencia de un ser con algún tipo de discapacidad, nos pone aún más a prueba. Moviliza nuestros sentimientos de aceptación, solidaridad, humildad y amor desinteresado.
El espiritismo ejercita a los padres para advertir e intuir la ayuda espiritual que siempre y sobre todo en los momentos difíciles, tenemos los seres por acción de la ley de amor, solidaridad y justicia divina.
De esta manera es más fácil dar el primer paso y decirle a ese hijo tan especial, tan distinto y tan igual a los demás: "hijo mío, yo te acepto como eres".
Este paso será decisivo en la vida del niño, porque implica un acto de humildad, de aceptación, de reafirmación del compromiso espiritual asumido ante Dios, de amor a ese ser que se nos confía para darle durante toda la vida, lo mejor de nosotros.
Cuando se ha aceptado la realidad, se comprende de veras y se ayuda eficazmente.
Aceptar un hijo significa conocerlo, asimilar sus limitaciones y estar en permanente búsqueda de sus valores. Aceptar es no avergonzarse de sus torpezas, es saber esperar sin ansiedad, sin exigir lo que no puede darnos, pero sin claudicar en la tarea de enseñar con amor. Aceptar es educar cada día, cada hora y cada minuto.
La ayuda profesional es invalorable, pero se pierde cuando la familia no es el pilar de esta acción educativa, que se extiende a los demás seres de la familia.
Cuando los padres aceptan con amor, aceptan los hermanos, los abuelos, los demás. Pero desarrollar esta fuerza impulsora, es deber moral de los padres.
El éxito o fracaso de la tarea conjunta con profesionales dependerá, en cierta medida, de los sentimientos que los padres hayan podido transferir al resto del grupo familiar: si se lo considera "una carga", o una oportunidad de ser solidarios y de aprender de ellos y con ellos, otras cosas.
Pero también dependerá del propio discapacitado, de su voluntad, de su deseo de vivir y de su aceptación a las condiciones de vida.
Desde el punto de vista espírita entendemos que un espíritu no encarna en estas condiciones por casualidad, por caprichosa combinación de cromosomas, por una malformación congénita arbitraria o por un accidente casual en el momento de nacer. El espíritu, dueño de su propio destino, programa junto a su Espíritu Protector, su nueva existencia acorde a sus necesidades evolutivas, ya sea para aquilatar sus conquistas, reparar errores cometidos, es decir, atendiendo a su programa evolutivo.
La reencarnación como expresión máxima de la Ley de Amor y Justicia, permite compensar actitudes equivocadas, recomponer sentimientos, completar existencias truncas, estimular y desarrollar aptitudes.
Resultaría imposible abarcar la amplia gama de posibilidades espirituales que impulsan al espíritu a organizar su existencia física, con algún tipo de discapacidad, pero nos atrevemos a suponer que, en muchos casos de limitación acentuada, el espíritu prioriza el desarrollo afectivo como único mecanismo para relacionarse con los seres que lo rodean. Se puede considerar también, el hecho de que espíritus superiores elijan una encarnación con alguna minusvalía, a fin de impulsar el progreso de un grupo familiar o social.
Se podría, a la luz del espiritismo, tratar de desmenuzar cada circunstancia, pero no es ese nuestro objetivo. Sí lo es, el de dar una visión simple y optimista para que la tarea educativa no nos descorazone, no nos desborde, sino que nos encuentre abiertos, con una actitud agradecida a Dios por lo que tenemos y más aún, por lo que podemos dar y aprender de quienes nos rodean, que lo trascendente no se percibe con los ojos sino que vibra en el corazón.
 

 

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