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Tema de la Semana

Domingo Faustino Sarmiento

¿Qué recordamos de Sarmiento? ¿Cuál es la idea que nos hemos forjado de él? Maestro, presidente, espíritu combativo y beligerante, autodidacta, escritor, periodista. Su personalidad multifacética lo impulsó a caminar por distintos senderos y a realizar obras que perduran en la memoria de los argentinos: la realización del primer censo nacional, la creación del departamento de agricultura, importación de científicos del extranjero, fundación de las Escuelas Normales y del Observatorio Astronómico de Córdoba y entre tantas otras cosas, el grabado en la piedra de aquella recordada frase: "Bárbaros, las ideas no se matan"...
Sarmiento fue más que sus obras: fue ante todo un civilizador.
Con luces y sombras, con aciertos, logros y también con equivocaciones y desinteligencias, pero sobre todo como espíritu visionario y luchador incansable, trató de sembrar la semilla del saber y la educación en un país desorganizado, nuevo y pujante que deseaba estar en el concierto de las naciones civilizadas del mundo.
Ezequiel Martínez Estrada escribe: Fue Sarmiento el primero que en el caos habló de orden, que en la barbarie dijo qué era la civilización, que en la ignorancia demostró cuáles eran los beneficios de la educación primaria, que en el desierto explicó qué era la sociedad, que en el desorden y la anarquía explicó qué eran Norteamérica, Francia e Inglaterra".
Así, por defender la idea francesa de la división de poderes, la concepción inglesa del liberalismo económico y la idea norteamericana de la libertad de cultos y laicismo estatal, fue acusado de antinacional.
Y si bien tuvo serios enfrentamientos políticos con Alberdi y Mitre, ello no impidió que coincidieran en los grandes problemas de fondo, es decir, en aquellos que favorecían los principios liberales que estimulaban la creatividad del hombre, la inmigración europea, la competencia y el progreso a través del respeto al derecho de la propiedad, la libertad de comercio, de navegación y de industria.
Escribía Mitre: "... la pobreza es el principal auxiliar de la tiranía y de la ignorancia, a la par que la riqueza es la fuente primera de la libertad y la ilustración".
Fue también un apasionado del saber y del hacer. Su vida curtida en las privaciones y frustraciones trascendió el medio a pesar de los numerosos escollos que tuvo que enfrentar, luchando con sus errores y a pesar de ellos fue un hombre de proyectos, emprendimientos y ejerció su autoridad en bien de su patria. La instrucción era para él, la medida de la civilización.
Quizás no fue un líder: su carácter demasiado vehemente y sus ideas demasiado revolucionarias, hicieron de él un solitario y un gran rebelde. Rebelde a la ignorancia, a la injusticia, a la barbarie, a la desorganización, al dogma. Rebeldía que muchas veces le acarreó dolor e incomprensión.
Se ciñó la espada para luchar por la unión nacional y el progreso, y ya en el reposo educó sembrando escuelas, bibliotecas populares y agitando a la opinión pública en favor de la enseñanza. Pensaba que la democracia no iba a funcionar bien en nuestro país hasta que el pueblo no estuviera instruido y de allí surgió la conocida frase: "Educar al soberano', que acaso siga siendo hoy, un inconcluso proyecto argentino.
Sarmiento fue en esa existencia, un espíritu impulsor de la educación y el progreso, exigente de la verdad, de la sinceridad, a veces hasta con palabras resonantes y hasta extralimitadas porque no soportaba la falsedad y la hipocresía. Era ante todo un ser sin dobleces, honesto consigo mismo, con sus ideales y con su país. Tal vez lo recordemos como un incesante buscador de los caminos más propicios para lograr una auténtica educación popular. Y aún hoy, continúa siendo el faro que ilumina la senda para alcanzar el perfil cultural que nos defina como pueblo y como nación sobre todo en esta época en que los valores e ideales morales se hallan opacados por otros intereses menos trascendentes.
Como espíritu al encarnar, seguramente asumió una actitud de compromiso frente a la ardua labor de inculcar la importancia y necesidad de una educación que permita ilustrar al niño y al hombre para que fueran más libres y felices.
Hoy, como espíritu libre en otro plano, comprenderá sus falencias y sus aciertos, analizando también aquellas veces que su carácter hizo sombras a su anhelo incontenible de educación.
A través de su obra y de su vida, podemos comprender la experiencia fructífera de cada existencia, incluso la nuestra, donde aun en las condiciones más rigurosas, el espíritu aprende.
Aprende a desarrollarse, a experimentar, a luchar por lo que considera correcto y trascendente, a pesar de las propias amarguras y limitaciones.
Y aprender a reconocer también, la cuota de solidaridad y misericordia de las Leyes Divinas que se derraman generosas en toda existencia. En Sarmiento, fue la ternura que los niños supieron despertar en él, como cuota compensatoria a tantas confrontaciones y sinsabores. Esa ternura fue tal vez, el aliciente y el estímulo necesario para luchar contra el caos convulso que lo circundaba, y mantenerse, a pesar de sus persona- lismos, firme en sus convicciones de bien.
Al final de sus días escribe: "Yo siento que me flaquean las fuerzas, que el cuerpo es débil y que debo emprender otro viajecito luego. Pero estoy preparado precisamente porque se necesita poco equipaje, con lo encapillado sobra; pero llevo el último pasaporte admisible porque está escrito en todas las lenguas: servir a la humanidad".
Tal vez su ejemplo perdure en nuestra memoria y podamos entender que favorecer la educación en todas sus formas, es una manera de servir a la humanidad, para que esta despegue de sus raíces de ignorancia en busca de horizontes de auténtica libertad y felicidad.

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